La historia de Dragon Age II entra dentro de los cánones de los grandes relatos de BioWare, aunque quizá sin las cotas de talento o inspiración que sí ha mostrado en otros títulos de su largo currículum como estudio. Es un buen punto de partida y el juego muestra un buen desarrollo, aunque quizá en algunos momentos puede
pecar de apostar en demasía por los clichés. Cabe matizar sin embargo que esta observación no es un aspecto que penalice la puntuación final, como puede verse en el apartado de jugabilidad que alcanza un 10, puesto que aun no siendo algo especialmente destacable para BioWare en lo narrativo, el videojuego está en este campo muy por encima de lo que el género está acostumbrado a ofrecernos.
Volveremos a encarnar a un héroe, en una historia que narrará Varric, uno de los caracteres que conoceremos por el camino y que servirá de cronista de nuestra epopeya en clave de Campeón de Kirkwall, en un relato que contará a Cassandra Pentaghast, una buscadora de la Capilla. Nuestro Hawke, como héroe o heroína, será un personaje atribulado, con un conflicto familiar a sus espaldas que verá cómo su odisea en la que huirá con sus seres más queridos de su arrasada ciudad natal: Lothering, acabará convirtiéndose en algo mucho mayor.
Si por algo destacó Origins en su momento fue por crear una base argumental tremendamente profunda en lo que a contexto se refiere, con un reino, una imaginería narrativa y un trasfondo tremendamente profundos. En Dragon Age II hay abundantes guiños a Origins, pero también hay un guión compacto y bien contado que nos narra algunos de los acontecimientos que vivimos en su predecesor desde otro ángulo, pero que principalmente explora otra veta de la historia de esta franquicia haciendo avanzar los acontecimientos. Quizá esta secuela, al igual que la primera parte, tampoco acaba de sacar partido al 100% de todas las posibilidades que a priori parece ofertar el telón de fondo que ofrece el fascinante reino de Ferelden, pero en líneas generales vuelve a rayar a una altura más que notable.
Lo que se nos cuenta en la segunda parte transcurre en una horquilla de tiempo mucho mayor que en su predecesor, con abundantes flashbacks (y forwards) y con profundas elipsis que saltarán años completos de historia. La campaña individual, como sus responsables ya adelantaron en su momento, es ligeramente más breve que la del original, aunque eso sí, con mayor atención prestada hacia las misiones secundarias y con una mayor densidad en cuanto a situaciones y calidad de la exposición de lo que se nos cuenta. Lo que se consigue con esto es que las relaciones de acción/reacción estén mucho más claras ante todo lo que hacemos, obligándonos a medir con cuidado nuestras decisiones, puesto que en este margen de una década viviremos de forma más drástica que nunca las consecuencias de nuestras decisiones.
Y siguiendo con esto el programa hace también un muy buen trabajo a la hora de hacernos sentir más partícipes de lo que se nos está contando con un par de decisiones que en realidad son puramente cosméticas, pero que efectúan un gran trabajo en lo jugable. La primera de ellas es la de cambiar por completo el sistema de diálogos, que ahora recupera el tono de Mass Effect optando por un menú radial y por una síntesis de las opiniones en su presentación, en lugar de por exponer las frases explícitamente, y obviando el torpe y anacrónico procedimiento de Origins.
Por otra parte también destaca la fuerza que adquiere el protagonista como catalizador de la historia: En la primera parte no hablaba más allá de la opción que escogiéramos, observando las conversaciones con "cara de palo", y sin parecer partícipe de nada de lo que estábamos pasando. Hawke, por su parte, es mucho más efectivo como héroe; se pronuncia, tiene voz y un carácter bien definido, consolidándose como un personaje mucho más a tener en cuenta.
Quizá Dragon Age II, en definitiva, es menos abierto a la hora de ofrecer decenas de opciones y combinaciones en base a nuestra clase, contexto y pasado como personaje principal; recordemos que Origins tenía un buen número de secciones completas diferentes entre unas y otras clases, razas, etcétera. Lo que la continuación busca, al contrario, es un componente de rejugabilidad mucho más centrado en nuestras propias acciones a lo largo de la aventura. Así pues, ¿qué pasará si acabamos con un personaje en nuestro cuarto año en Kirkwall? ¿Cómo transcurrirá la aventura entonces? ¿Y si en lugar de matarlo le perdonamos la vida y le ayudamos? ¿A quién dedicaremos nuestro corazón? Ya las decisiones no sólo afectan a los dilemas morales personales o a nuestra relación con los secundarios que forman parte de nuestro grupo, sino que también tienen efectos mucho más claros sobre lo que sucederá más adelante.
Si algo hace Dragon Age II es mandar un mensaje muy claro a la industria y, sobre todo, al aficionado al rol. Tras deleitar a todo el mundo con el fantástico pero muy poco accesible Dragon Age: Origins, BioWare deja claro que el futuro del género en sus manos pasa por un aumento exponencial de la accesibilidad en sus RPGs de cara a llegar al mayor público posible. La secuela es, en esencia, un concepto muy similar e igualmente apasionante, aunque pasado en esta ocasión por el tamiz de un planteamiento mucho más cercano a la acción.
Sin la cadencia lenta y parsimoniosa del original, la continuación se desprende del tempo tranquilo con el que el equipo canadiense inauguró la franquicia y opta por un acercamiento mucho más frenético y espectacular. El combate en sí mismo es, de hecho, mucho más vertiginoso que en Origins, lo cual agradará de sobremanera o decepcionará profundamente a los aficionados en función de las sensaciones que les transmitiera su predecesor. Las bases son las mismas casi exactamente, con muy pocos cambios como ya hemos descrito anteriormente, pero todo se desarrolla a una mayor velocidad, lo que significa que la visceralidad, la violencia y lo cruento serán características que trazarán los rasgos de los nuevos combates. Las misiones, por otra parte, siguen la misma línea, con patrones mucho más directos y menos rodeos a la hora de presentarse y desarrollares.
Destacan, además, aspectos que dotan de profundidad al concepto del combate como, por ejemplo, las tácticas de grupo. Un aditivo tremendamente interesante que resulta de gran comodidad para los obsesivos que buscan tener bajo control cualquier elemento que pueda surgir durante la acción. Las rutinas fijadas por defecto serán más que suficientes para el perfil más casual de usuario de Dragon Age II, sobre todo aquellos que utilicen los modos de dificultad Fácil o Medio, donde éstas y otras alternativas no son necesarias para superar con éxito las diferentes situaciones.
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os detractores de Blizzard suelen alegar que la desarrolladora californiana no lanza evoluciones de sus franquicias sino que va sacando reiteraciones de
Lo tengo repetido en innumerables ocasiones. El talento que hay desperdigado por todo Internet es inmenso, y nunca dejaremos de sorprendernos. No hay que